Había sido un largo y duro camino, pero por fin lo había conseguido. Todo por el bien de la colonia. Carecía de importancia las condiciones atmosféricas, sabía que tenia que hacerlo. Estaba acabando el verano y, aunque aquello implicara que disminuiría el numero de pérdidas a manos de aquellos malvados niños, armados con cualquier superficie de cristal o herramienta que poseía la función de torturarles, el invierno estaba llegando. Y eso solo podía significar una cosa, era la hora de la recolecta. Ante todo, organización, cada pequeño engranaje de lo que era la mayor cadena de montaje que pueda observarse en la faz de la tierra se ponía en marcha, se armaba de valor y decidía darlo todo por su colonia. Todo por sobrevivir un invierno más. No era una tarea sencilla, pero llevaban haciéndolo generaciones, y ella tampoco era de las novatas; si bien es cierto que al principio le costo adaptarse, pronto aprendió imitando a otras más experimentadas; se había perdido cientos de veces (la orientación es complicada cuando eres tan pequeña y todo te supera), había intentado levantar pesos muy superiores a los que podía aguantar, pero siempre había conseguido levantarse, pero, sobre todo, había luchado por seguir ahí, por seguir viva y por hacer su trabajo lo mejor posible. Porque, aunque solo era una obrera, una muy pequeña pieza del sistema, cada parte cuenta, y ella quería darlo todo, quería demostrar que podía con ello y más.
Ese día había llovido a cantaros, pero había una expedición y ninguna podía faltar. Sortear charcos, huir de depredadores, de los competidores y de aquellos que te aplastan sin fijarse siquiera en tu existencia, para poder conseguir comida, un grano más para el almacén. Cargárselo encima, era fuerte y ella lo sabía; solo tenía que arrastrarlo realizando el camino inverso preocupándose, tan solo, de que dicho grano llegue en perfectas condiciones. Una detrás de otra, fueron llegando al hormiguero, pero ella iba de las últimas y pudo ver como una de sus compañeras se desviaba de camino y se adentraba en un charco, fruto de la lluvia, sin remedio. Todas se pusieron en alerta, y en seguida una obrera, de las mas fuertes, se acercó a recoger la carga que llevaba que, por suerte, no había sufrido desperfectos. Su compañera se ahogaba, sin remedio, pero no podían hacer nada por ayudarla; ya había cumplido su función. Era la único que podías hacer, confiar en que tu aportación fuera lo más fructífera posible, porque, aunque tus compañeras intentarían ayudarte, al final solo contabas tu y tu capacidad para sobrevivir.
Vivir para servir, por el bien del grupo, de la colonia, de nuestra reina; por el bien de la sociedad, no importa que varias mueran, no importan los caídos en el camino, solo importa el balance final. Y, mientras el balance final sea positivo, todo habrá salido bien, y la colonia podrá sobrevivir otro invierno más.
domingo
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Te has lucido con esta historia, chiquilla.
ResponderEliminarUn beso, cuídate!! ^^